Scientifica historica, de Brian Clegg

Reseño hoy uno de esos libros, más bien de mesa de café, que habitualmente publica Blume. No es término despectivo, ni mucho menos, tan solo hace referencia a que es un libro de gran formato, en el que priman las imágenes, pero que no por ello deja e ser menos interesante. Vivimos una época, la de las dos últimas décadas sobre todo, en la que la divulgación científica está más presente que nunca y, aunque sin tener un seguimiento masivo, lo cierto es que goza de una mayor presencia en los medios y, especialmente, en las redes sociales.

En Scientifica historica, Brian Clegg repasa a grandes rasgos la evolución de los libros científicos desde sus orígenes, en los que la ciencia era entendida en un contexto mucho más amplio, y en el que los datos contrastables se entremezclaban con leyendas y simples opiniones, hasta la situación actual, en la que el acercamiento de la ciencia al público es más sencillo, con multitud de publicaciones acerca de muy diversos temas, empleando un lenguaje cercano, y en el que se evitan los tecnicismos y desarrollos teóricos complejos.

El libro de Clegg hará las delicias de los aficionados a los libros, y no solo a su contenido, sino a la propia factura de estos objetos. Si bien comienza describiendo los primeros libros, cuyo soporte era el papiro y más tarde los rollos de pergamino, muchos de los cuales se perdieron y de los que únicamente sabemos algo por referencias, la llegada del libro como objeto lo cambia todo porque amplia de manera revolucionaria la expansión del pensamiento científico.

El primer capítulo lo dedica Clegg al mundo antiguo, con las obras clásicas de algunos autores griegos como los Elementos de Euclides, las obras de Aristóteles, muy influyentes (algunas incluso hasta casi entrado el siglo XX, especialmente las de filosofía), de la medicina en Roma, con las obras de Galeno e Hipócrates, o los desarrollos matemáticos en la India y la óptica y también la medicina en el imperio islámico.

De aquí pasamos al Renacimiento, con la nueva concepción del universo gracias a Copérnico, Galileo y Kepler. En este sentido, es muy interesante el giro que da Galileo a los libros que publica, pues utiliza el italiano, una lengua vulgar, frente al latín, mayoritariamente utilizado entonces por los científicos, y que le sirve para popularizar sus obras. Algunos de los libros publicados en estos dos siglos sobre la estructura del sistema solar son maravillosas, e incluso incorporan modelos móviles predictivos, como el Astronomicum Caesareum, de Peter Bienewitz.

Continúa Clegg con los clásicos modernos, y allí se insertan ya las obras de Newton, Lavoisier, la gran divulgación de Faraday y las obras de Darwin, Haeckel, los Principia Mathematica de Whitehead y Russell o las obras de Wegener e incluso la Anatomía de Grey. La ciencia entra en su mayoría de edad y en esta época las obras están mucho más cuidadas y los libros siguen siendo la principal forma de comunicar los resultados, a pesar de que las revistas científicas ya habían comenzado a publicarse.

En la época que Clegg denomina posclásicos, los libros científicos comienzan a virar hacia la divulgación propiamente dicha. Todavía hay algunos grandes tratados científicos, a la manera clásica, como los trabajos de Marie Curie, La naturaleza del enlace químico, de Pauling, o ¿Qué es la vida?, de Schrödinger, pero el enfoque más divulgativo que hace un repaso a los logros de algunos científicos comienza a ser mayoritario, muchas veces escritos por ellos mismos, como La naturaleza del mundo físico, de Eddington, Matemáticas para la multitud, de Hogben o El anillo del rey Salomón, de Lorentz. En esta época surgen obras importantes para la filosofía de la ciencia, como La lógica de los descubrimientos científicos, de Popper o La estructura de las revoluciones científicas, de Kuhn (esta última mucho mejor acogida en las humanidades que en las ciencias, por razones evidentes). En algunos casos, la divulgación se ha malinterpretado o incluso ha generado reacciones exageradas en la sociedad, como la prohibición del DDT en EEUU a raíz de la publicación de Primavera silenciosa, de Rachel Carson, que no proponía su eliminación total, sino evitar el abuso en su utilización. Y en otros casos, ha sido el propio enfoque del libro, como es el caso de La doble hélice, de James Watson, lo que ha generado polémica.

A partir de entonces, muchos de los libros de divulgación científica han sido escritos por científicos que no han alcanzado la excelencia en sus campos pero poseen grandes dotes narrativas, como es el caso de Dawkins o Lovelock, y en otros casos, la formación de los escritores ni siquiera es científica. El caso más ilustrativo de ello es que el libro científico más vendido sea Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, un autor con formación literaria.

Más allá de la enumeración de obras y de su influencia en otros científicos o en la sociedad de su época, que Clegg trata a grandes rasgos, una cuestión importante que se deja ver en el libro es la evolución de los libros científicos. Es interesante ver cómo en las últimas décadas apenas se han publicado tratados teóricos importantes en forma de libro. Muchos se han reservado al ámbito académico pero no llegan al gran público, y en general se ha reducido bastante la complejidad de los libros divulgativos hasta caer, en muchos casos, en la simple enumeración de anécdotas o en la reiteración de cuestiones ya conocidas, que poco aportan al avance del conocimiento. Las grandes propuestas teóricas parecen haber caído en el olvido y lo que nos llegan ahora son refritos o misceláneas escritos de manera informal y dirigidos a un público afín. Hay pocos autores actuales que mantengan el espíritu de los grandes libros de divulgación en lo que parece ser el zeitgeist de Internet y las redes sociales.

Por último, un apunte chovinista. En un libro en el que se ensalza la factura de los libros científicos, me parece casi una afrenta nacional que no aparezca Textura del tejido nervioso de Ramón y Cajal, una obra inmensa, en volumen y en alcance, además de bella, por las ilustraciones del propio Cajal que salpican la obra.

Calificación:

Puntuación: 4 de 5.

Para todos los públicos, aunque la gente dedicada a las ciencias o lectora habitual de libros de divulgación lo disfrutará más.

Título: Scientifica histórica

Autor: Brian Clegg

Traducción: Alfonso Rodríguez Arias

Editorial: Blume

Páginas: 272

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