Leviatán o la ballena, de Philip Hoare

Los libros de historia natural son, si están bien escritos, los que mejor consiguen divulgar la ciencia. Los que se escribían hasta mediados del siglo XX tenían, de hecho, un carácter especial, pues no solo se trataba de divulgar conocimientos sobre cierto tema, sino que entre las páginas del libro se colaban a menudo peripecias del propio autor, de modo que además de tratarse de una obra científica, era al mismo tiempo autobiográfica y, a su vez, aparecían referencias a cuestiones tangenciales a la ciencia, con, por ejemplo, alusiones a filósofos, pensadores antiguos, escritores… de modo que el tema tratado se analizaba desde puntos de vista muy diversos. Todavía algunos autores mantienen esa tradición, y entre ellos está, sin duda, Philip Hoare.

Leviatán o la ballena es ensayo, autobiografía, crítica literaria y es, por encima de todo, un libro mayúsculo sobre las ballenas. Hoare es periodista, de esa estirpe de ensayistas capaces de hacernos llegar un tema de un modo mucho más accesible, pero al mismo tiempo erudito, y de un modo más eficaz que cualquier experto en la materia, que posiblemente se centraría en ciertos detalles propios de su especialidad que al lego en la materia le resultan, por lo general, irrelevantes.

Comienza el libro detallando algunos episodios de ballenas vivas expuestas en condiciones lamentables en Estados Unidos o Inglaterra, muchas de las cuales terminaron muriendo en trágicas circunstancias. Estos episodios sirven de preludio a Hoare para lo que será un diálogo entre Herman Melville y su Moby Dick (las citas se suceden a lo largo de todo el libro, apuntando o reforzando datos o ideas expuestos) y la caza de ballenas de forma masiva, iniciada allá por el siglo XVIII y que ha continuado sin pausa y con una dramática creciente eficacia hasta la actualidad.

Los animales han sido objeto desde antiguo de una doble observación, a menudo imbricada y difícil de separar, la mirada científica y la del mito., como comentábamos hace poco a propósito de La inesperada verdad sobre los animales, de Susan Cooke. La ballena supone un arquetipo en este sentido aunque es curioso que el mito prevalece aún sobre el conocimiento científico. Y es que debemos ser conscientes de que lo que sabemos sobre las ballenas es minúsculo si lo comparamos con otros animales. Pensemos en C. elegans, un animal del que conocemos cada una de las neuronas que componen su sistema nervioso o E. coli, de la que conocemos la mayoría de los secretos que esconde su genoma. Es precisamente esta falta de conocimiento sobre los cetáceos lo que ayuda a Hoare a dejarse llevar por un cierto vuelo poético en algunos pasajes del libro, que lo enriquecen y lo convierten en un libro notable.

Como no puede ser de otro modo, el autor aporta múltiples detalles sobre la biología de las ballenas, desde las hipótesis sobre el funcionamiento de su sónar, a su enorme capacidad para almacenar oxígeno, la diferencia entre las ballenas dentadas y las barbadas, su organización social y la transmisión de aprendizajes, lo que bien puede considerarse una transmisión cultural. Todos estos detalles se van alternando con lo que constituye el corazón del libro, la descripción angustiosa, precisa, interminable, de la persecución a la que han sido sometidas las ballenas desde el siglo XVIII.

Los primeros en emprender esta cacería incesante fueron los estadounidenses. Desde Cape Cod y Provincetown salieron centenares de balleneros para hacerse con el preciado esperma y el aceite que, por toneladas, alojan las ballenas. Este proceso se industrializó en cierto sentido, pues pronto los balleneros contaban no solo con grandes depósitos para transportar las inmensas cantidades de aceite y grasa obtenidos, sino con grandes calderos en los que trataban los productos para evitar su podredumbre y que, a la llegada, dispusiesen ya de una mercancía lista para ser vendida. Hoare visita varios de estos lugares y se interesa por la vida en la época: las grandes compañías balleneras, la forma de atacar a las ballenas, el conocimiento científico en aquella época sobre las ballenas, todo ello reflejado por Melville en Moby Dick. Este conjunto de detalles contribuyó a crear una cierta mística del héroe ballenero que se enfrenta al monstruo marino, al mal encarnado en ese animal que parece anacrónico.

Aunque en estos pasajes sobre los balleneros estadounidenses que ocupan más de la mitad del libro hay escenas aterradoras, nada tienen que ver con la masacre perpetrada durante el siglo XX. En el XIX, con el descubrimiento del petróleo, el aceite de ballena cayó en desgracia y en principio su precio disminuyó ostensiblemente, dado que su principal aplicación, proporcionar luz, se había perdido (una narración de esa transición puede encontrarse en el recomendable Líquidos, de Mark Miodownik). Sin embargo, pronto el desarrollo de las diferentes industrias que tomaron impulso durante la revolución industrial fue encontrando aplicaciones a las diferentes partes de la ballena. Podría decirse, tal y como decimos del cerdo por estos lares, que de la ballena se aprovecha todo, hasta sus aleteos.

En el siglo XIX, en Estados Unidos decae el negocio ballenero pero este persiste principalmente en Inglaterra y Noruega. Hoare visita varios puertos de Inglaterra para descubrir una historia similar a la que había hallado en Estados Unidos. Pueblos costeros tradicionales que inicialmente se dedicaban a la caza de la ballena como medio de subsistencia, pronto se ven envueltos en la vorágine empresarial, en este caso de grandes compañías que van a explorar todo el orbe terrestre en pos de los caladeros de ballenas. A Inglaterra se suman Noruega, Holanda, Alemania, Rusia y Japón. Podemos hablar de un verdadero holocausto de ballenas. En el siglo XX, 360.000 ballenas son cazadas con los métodos más sofisticados.

Si en los siglos XVIII y XIX el enfrentamiento entre los hombres y las ballenas era mucho más carnal, cuerpo a cuerpo (el arponero había de subirse incluso a lomos de la ballena para terminar de rematarla) y suponía un riesgo para la vida de los marineros y, en muchos casos, se perdía la preciada pieza, en el siglo XX la sofisticación de las técnicas de pesca hace que fallar no sea una opción. Si el surtidor de agua de la ballena se detecta, puede darse por muerta. Se crean barcos factoría en los que los animales son despedazados y todas sus partes procesadas, enormes flotas que son capaces de traer miles de capturas de vuelta en tan solo una expedición, algo impensable para los estadounidenses de hacía dos siglos. La batalla mítica entre el hombre y la ballena se pierde en favor de los intereses económicos y de la hambruna generada en el siglo XX por las guerras mundiales.

A partir de los años 20, sin embargo, muchos científicos comienzan a alertar de la posibilidad de que las ballenas se extingan. Las advertencias llegan principalmente desde el Museo de Historia Natural londinense, que se vuelca en organizar expediciones para estudiar a las ballenas, casi siempre con la ayuda de los propios balleneros, qué paradoja. Por otro lado, la actitud de Inglaterra suele ser sorprendente: por un lado han mantenido siempre que han podido una actitud puramente imperialista pero aupada siempre en esa suerte de elegancia y valores que hacen de contrapunto de esa actitud detestable. Todo esto dio lugar a que en los años 60 el estatus de las ballenas cambiase. Ya no eran los monstruos marinos representantes del mal a los que había que destruir, habían pasado a ser, en pocos años, unos animales adorables a los que había que proteger a toda costa. A partir de entonces se suceden los episodios narrados en la prensa y después en la televisión de ballenas varadas o perdidas que captan la atención del público. Por otro lado, el interés comercial de las ballenas comienza a decaer, especialmente desde que Inglaterra decretase la prohibición de usar productos creados con partes de la ballena. Las cuotas pesqueras fueron un dilema irresoluble, y aún seguimos en la misma situación, con países como Japón o Noruega que se han negado sistemáticamente a acatarlas.

Quizá no es justo evaluar con ojos actuales las conductas del pasado. Hoare cae en esa tentación en varias ocasiones, tal vez más por hacer partícipe al lector de la tragedia que supuso la matanza de tantas y tantas ballenas que por valorar esos hechos desde nuestra perspectiva conservacionista actual. El revisionismo histórico suele emprenderse con ánimo revanchista y no didáctico. El contexto histórico en el que se llevó a cabo la matanza de ballenas no es el actual, desde luego, e incluso la historia, como bien apunta el autor, podría haber sido diferente si Estados Unidos hubiese tenido una flota ballenera fuerte. Por fortuna no fue así y Estados Unidos hizo de contrapeso de las grandes potencias balleneras apoyando el conservacionismo y la recuperación de las poblaciones de ballenas, que parece que poco a poco comienzan a recuperarse.

Este libro de Hoare oscila entre la ciencia, la historia, la literatura, el mito, la conciencia social y la épica. Es un libro maravilloso al que deberíamos asomarnos para comprender la complejidad de las conductas humanas y los múltiples condicionantes que las moldean y, por otro lado, para ser conscientes del poder destructivo de nuestra especie y de que, al mismo tiempo, tenemos la capacidad para volver la vista atrás y saber que podemos ser mejores.

Calificación:

Puntuación: 5 de 5.

Para todos los públicos. Una delicia, no se arrepentirán.

Título: Leviatán o la ballena

Autor: Philip Hoare

Traductor: Joan Eloi Roca

Editorial: Ático de los libros

Páginas: 480

Créditos de las fotografías: Ballena jorobada y orca: Imagen de 272447 en Pixabay; madre y cría de ballena austral: ICB; ballena azul: BallenasWiki.com;  orca: Imagen de 272447 en Pixabay; beluga: Imagen de nikkikeldsen en Pixabay; Ballena boreal: Bering Land Bridge National Preserve

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