El telar mágico de la mente, de Joaquín M. Fuster

Disculpen la elegíaca reseña que estoy a punto de perpetrar. Es difícil ser imparcial cuando se encuentra uno ante uno de los científicos a los que más admira, que guio en gran medida mis intereses científicos durante mi época de experimentador y, aunque ajeno ya a las dinámicas del laboratorio, siguen impregnando mi pensamiento científico, aunque sea ya puramente recreativo.

Joaquín Fuster es, desde mi punto de vista, uno de los mejores científicos actuales e históricos de España. Y lo es por una cualidad que suelen compartir los científicos que más admiro, y es su vertiente teórica, más allá de su pericia técnica, que desde luego es también imprescindible en ciertos campos científicos.

El telar mágico de la mente pretende ser una autobiografía vital y científica en la que se muestran detalles de sus peripecias vitales, las ideas científicas que marcaron su devenir intelectual y, obviamente, sus logros científicos. Fuster es sincero y no oculta sus orígenes acomodados, que le permitieron disfrutar de una educación y unas condiciones idóneas para desarrollar una vasta cultura y un pensamiento científico bien asentado ya desde sus primeros años. Esto, en los años posteriores a la guerra civil española, era casi un lujo que pocos podían permitirse. Y Fuster lo aprovechó.

El relato de su vida, lo salpica Fuster con las ideas de los que han sido algunos de sus referentes científicos y que le han ido proveyendo a lo largo de su vida de los cimientos para tejer sus ideas acerca del funcionamiento del cerebro, y más concretamente, ese ciclo de percepción-acción por el que es bien conocido. Entre estos científicos están Cajal y Jackson con su idea reticular del cerebro, es decir, que a pesar de que la unidad básica del cerebro sea la neurona, la unidad funcional realmente relevante es la red neuronal o, a lo que Fuster acertadamente llama cógnito, incorporando el matiz funcional. También influyeron pronto en él las ideas de Sherrington y Uexkull acerca del carácter relacional del cerebro y de la influencia del entorno sobre este.

Las influencias que ha recibido Fuster son numerosas y él es generoso en este sentido. Aparecen también Hebb y Hayek, que comenzaron a unir las piezas que habían dejado sobre el tablero los anteriores, y algunos otros que no es ya preciso enumerar aquí si no queremos caer en el vicio de las listas.

Lo más interesante de este libro de Fuster es probablemente que nos introduce en las tripas de la investigación y en la mente de alguien que ha conseguido logros muy notables en su campo. Dotado, a mi modo de ver, de una extraordinaria capacidad para vincular los datos experimentales con la teoría, Fuster enumera algunos de sus hallazgos en el laboratorio para ir construyendo, poco a poco, su pensamiento acerca de las funciones de la corteza prefrontal. En este sentido, como él mismo reconoce, a partir de cierto momento, su afán fue tratar de poner a prueba algunas de las propuestas de Hayek, cuyas ideas acerca de los «mapas coginitivos» le marcaron profundamente. A este pensamiento científico de Fuster se suma una habilidad fuera de lo común para avanzar en los métodos de experimentación. Como él mismo reconoce en algún momento del libro, el avance en las ciencias, y más concretamente en las neurociencias, generalmente se consigue gracias a los adelantos técnicos, que permiten analizar cuestiones que hasta ese momento estaban vetadas a la observación. En este sentido, su pericia en el campo de la electrónica (en sus años de estudiante se planteó ser ingeniero de telecomunicaciones) le permitió desarrollar algunos métodos para poder, primero, analizar la actividad de neuronas individuales en la corteza cerebral de monos despiertos y, después, poder inactivar regiones cerebrales de manera transitoria gracias a la aplicación de bajas temperaturas.

Me resisto a detallar sus logros científicos, que han sido múltiples y que es preferible que los descubra el lector a lo largo de las páginas del libro. Sí haré mención, por ser un trabajo tangencial a sus estudios electrofisiológicos, el estudio que detalla acerca de la resistencia de los pájaros carpinteros a las cefaleas, gracias a un estudio anatómico de su cráneo y de imágenes a cámara lenta del picoteo de los susodichos pájaros. Este es un detalle que muestra los intereses variados de Fuster que, por cierto, no solo ha dedicado su vida a la investigación y la enseñanza, sino también al ejercicio activo de la psiquiatría.       

Joaquín Fuster, por Carmen Cox.

En el pensamiento de Fuster hay varias ideas clave. La primera es lo que él denomina memoria filética, que podríamos resumir de forma algo burda, como la memoria de la que nos provee la evolución: los instintos, los reflejos y las conductas simples. En un orden superior estarían las memorias que requieren una actualización y conceptualización mayores y que tienen que ver con el lenguaje y las conductas complejas. No existen sin embargo para Fuster diferentes memorias basadas en el tiempo, es decir, no hay sistemas diferentes que «gestionen» la memoria operante o la memoria a largo plazo. Ambas son, en realidad, dos caras de la misma moneda pero la memoria operante se hace más patente debido a la atención selectiva. Su idea de la memoria es la de redes funcionales distribuidas o cógnitos, como él las denomina, que están involucradas en el ciclo de percepción-acción, es decir, en la percepción del estímulo, el mantenimiento de la memoria necesaria para llevar a cabo la respuesta (y en ese mantenimiento pueden intervenir diferentes asambleas de neuronas a lo largo del tiempo), y por último, la realización de la respuesta, Y todo se convierte, ahí está la clave, en un bucle virtuoso (cuando funciona bien) en el que las nuevas respuestas van a estar condicionadas por las respuestas anteriores y su efecto sobre el entorno. En este sentido es muy importante la idea de que la memoria de trabajo funciona siempre con un objetivo, es decir, está proyectada al futuro. Hay más ideas interesantes en Fuster pero sobre estas es sobre las que centra gran parte del libro.

Una parte importante de su pensamiento, de hecho, es lo que cierra el bucle, lo constituye la recursividad, es decir, la capacidad del sistema para evaluar sus propias respuestas y adaptarlas al entorno. Desconozco si hay alguna propuesta seria y completa sobre la ubicuidad de la recursividad en los sistemas biológicos, y no me refiero ahora únicamente al sistema nervioso, como base funcional de estos. No puede escapársenos que este es un principio básico de la biología (y de muchos sistemas en ingeniería): desde la regulación genética a la producción de neurotransmisores, pasando por el funcionamiento de las redes neuronales hasta, incluso, la dinámica de los ecosistemas, están relacionados de algún modo con esta recursividad, que es la clave, además, en el proceso de homeostasis. Otros dos títulos relativamente recientes abordan también, en parte, esta idea, ¿Qué es la vida?, de Paul Kurtz, y Las leyes del Serengeti, de Sean. B. Carrol.

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Finaliza el autor el libro con dos capítulos que a mi modo de ver se quedan cortos en desarrollo porque están abiertos a muchas objeciones. El primero lo dedica a la configuración de los cógnitos, su maduración en el tiempo y las implicaciones que ello tiene en la educación. Fuster aboga por la inclusión de métodos activos en la enseñanza y por seguir modelos como el finlandés. No es esto criticable sino la falta de un análisis más pormenorizado. La idea que deja entrever es que lo que prima aún es la memorística, cuando en general no es así. Por otro lado, ¿han demostrado las estrategias de aprendizaje activo que son mejores que los métodos de enseñanza tradicionales? Pues no parece ser el caso. Algunas de ellas tienen décadas de existencia, como el aprendizaje por proyectos, pero no se ha demostrado que se obtengan mejores resultados en el aprendizaje que, por ejemplo, con la tan denostada clase magistral. No se trata de decidirse por modelos únicos, sino probablemente por combinar modelos de enseñanza de forma inteligente, entre ellos los que incluyen una retroalimentación (de nuevo el concepto) constante con el alumno. Por otro lado, la evaluación cada vez involucra más a los alumnos y se va alejando de esa tarea memorística ajena al razonamiento que tanto se critica. Por último, aunque el modelo finlandés es interesante, en el último informe PISA ya ha perdido algo de empuje y ha sido superado por Estonia, cuyos métodos no son en absoluto tan «activos» como los finlandeses, y mucho menos lo son los de los países asiáticos, que encabezan la lista.

En el último capítulo, Fuster analiza el lenguaje a partir de su ciclo de percepción-acción, que encaja como anillo al dedo, y resume brevemente sus ideas sobre el libre albedrío. Aunque ya ha publicado un libro sobre el particular, se echa de menos algo de desarrollo aquí, especialmente sobre las implicaciones de la ausencia de libre albedrío o, al menos, según su definición, de libre albedrío consciente, para la responsabilidad o para otras cuestiones de filosofía moral relacionadas con la igualdad de oportunidades o la meritocracia.

En resumen, un libro muy estimulante, especialmente para quienes quieran acercarse al pensamiento de uno de nuestros grandes científicos, también para las generaciones venideras de científicos, que pueden ver en él a un espejo en el que inspirarse.  

Nota de edición: A pesar de la admiración que siento por Fuster, no puedo evitar mirar los libros con ojo de editor. A este respecto, la edición parece mejorable, no solo por algunos errores incomprensibles, como las palabras mal partidas a final de línea que aparecen a lo largo del texto y las líneas viudas marca de la casa (de un sello editorial al que, por otro lado, admiro), sino también la decisión, a mi entender desafortunada, de haber incluido las biografías de los científicos destacados de forma independiente en lugar de haberlas integrado en el texto de un modo más natural. Eso hace que la lectura pierda algo de ritmo y cueste a veces volver a las ideas que el autor está transmitiendo. Por último, es importante resaltar también la escasa corrección del texto en lo que se refiere a los artículos. Fuster tiene, como es obvio por su vida estadounidense y su uso frecuente del inglés, la tendencia a omitir algunos artículos al referirse a las regiones cerebrales, pero en español el resultado es cuanto menos extraño (es casi risible ver que en un párrafo que abarca las págs. 267-268 aparecen varias omisiones de los artículos, para concluir el párrafo diciendo que las lesiones en el área de Broca producen, entre otras cosas, la omisión de artículos en el habla).   

Calificación:

Puntuación: 4.5 de 5.

Probablemente no es un libro para todos los públicos dada la profundidad de algunas de las ideas de Fuster y lo específico de algunos de sus experimentos, si bien el esfuerzo, aunque no se comprenda todo, merece la pena.

Título: El telar mágico de la mente

Autor: Joaquín M. Fuster

Editorial: Ariel

Páginas: 306

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