El árbol enmarañado, de David Quammen

Cartografiar la historia de la vida ha sido, desde que Darwin propuso la teoría de la evolución, un desafío que aun está en vías de completarse, si es que llega a hacerse algún día. La imagen del árbol filogenético, tan sugestiva e icónica, tan didáctica incluso, ha dado lugar, a la vista de los descubrimientos en la genética molecular de las últimas décadas, a representaciones bien diferentes de aquella que bosquejó Darwin en sus notas.

Primer bosquejo de Darwin en uno de sus cuadernos, del árbol evolutivo. (Wikimedia Commons)

El árbol enmarañado, del excelente escritor David Quammen, es, ante todo, un recorrido por la historia de esa representación icónica de la historia de la vida, sus vicisitudes y su estado actual, tomando como eje de esos cambios la figura del genial, e injustamente desconocido para el gran público, Carl Woese.

Carl Woese dedicó casi cuarenta años de su vida a desentrañar la historia de la vida. Propuso la existencia, en contra de la idea de sus coetáneos, de tres grandes dominios de la vida: Archaea, Bacteria y Eukarya. La mayoría de los no biólogos apenas tienen noción de esta gran división, la más aceptada en la actualidad, y siguen anclados en los cinco reinos propuesto por Whitaker en 1969 y posteriormente, en 1978, por Whittaker y Margulis.  Son los que estudiamos en su día en el colegio todos, y los que aún perduran en el currículo oficial y se siguen estudiando como si nada hubiese sucedido en treinta años. (Si miramos el currículo de 1.º de ESO que fija la última reforma educativa hasta la fecha, la LOMCE, nos encontramos con que entre los contenidos que sirven de referencia para tratar la biodiversidad aparece específicamente el siguiente: «Reinos de los Seres Vivos (sic): Moneras, Protoctistas, Fungi, Metafitas y Metazoos». Aparte de esas mayúsculas de los seres vivos sin mucho sentido, se mantiene una visión de la evolución que sigue incluyendo en un mismo saco a arqueas y bacterias en el reino Moneras y que le da una importancia excesiva a los eucariotas, organizados en los reinos Fungi, Plantae y Animalia atendiendo a un criterio ecológico y no a las evidencias moleculares.)

Los estudios de Woese a partir del ARNt 16S de los ribosomas le permitieron establecer las grandes diferencias existentes entre bacterias y arqueas, esos seres vivos unicelulares procariotas que viven habitualmente en ambientes extremos, inaccesibles para el resto de seres vivos. A eso se sumaron otras evidencias (por ejemplo, la composición de la pared celular era claramente diferente). A pesar de que las evidencias eran claras y los resultados de Woese rigurosos y sólidos, se toparon con un rechazo del resto de biólogos que duró algunos años, en parte por las pésimas dotes comunicativas de Woese, a lo que se añadió un desafortunado anuncio del hallazgo en la prensa previo a la publicación del artículo. Si bien en la actualidad esa práctica parece habitual, por entonces, estaba muy mal visto no dejar hablar primero al trabajo científico.

Los resultados de Woese modificaban el árbol de la vida propuesto hasta entonces y, además, entraba en conflicto con el representado por Margulis y Whittaker. David Quammen hace una semblanza de Margulis que, en mi opinión, no la deja bien parada, aunque a favor del autor, hay que decir que es bastante certera. Marguis propuso la teoría de la endosimbiosis, que afirma que el origen de las mitocondrias y los cloroplastos de las células eucariotas está en la inclusión por otra célula de una bacteria que quedó asimilada en su interior. La propuesta fue apoyada por estudios moleculares pero ninguna de estas propuestas era idea original de Margulis. Su gran labor fue divulgativa pero no tanto de descubrimiento. De hecho, su única propuesta original en esa teoría, que asociaba también el origen de cilios y flagelos de las células eucariotas también con bacterias incorporadas en su interior, nunca ha sido apoyado por la evidencia. Woese, de hecho, aunque aceptó la idea de la endosimbiosis, no aceptó las implicaicones que eso podría tener en la representación de su árbol de la vida universal y, de hecho, minusvaloró la figura de Margulis.  

La segunda mitad del libro se centra en los descubrimientos de los últimos treinta años acerca de la transferencia horizontal de genes. No es solo el fenómeno de la conjugación, que ya se conocía desde hacía tiempo, mediante la cual dos bacterias pueden intercambiar material genético y alterar así la transferencia vertical, sino otros mecanismos como el paso de plásmidos (fragmentos de ADN no insertados en el cromosoma central de las bacterias) de unas a otras o los trasposones, elementos móviles que saltan sin cesar de unos lugares a otros del genoma y entre individuos no solo de la misma especie, sino de distintas especies e incluso entre dominios diferentes. A este respecto, es de vital importancia la incorporación de genomas de virus en el genoma de otras células. Lo que todos estos hallazgos han puesto en duda, sumados a los CRISPR, caracterizados hace solo 20 años, es la idea clásica de que la evolución opera por descendencia con variación y que sobre esas variantes opera la selección natural.

El tránsito de fragmentos de genoma entre especies, especialmente entre las bacterias y las arqueas es muy habitual, como también lo es entre las bacterias que habitan en nuestro organismo, lo que sugiere que los límites entre especies son muy difusos y, sobre todo, que la representación en árbol de la historia evolutiva no es útil para representar estos nuevos datos. El árbol evolutivo no es, de hecho, algo real, como no lo era la pipa de Magritte, era solo una metáfora de cómo se pensaba que ocurría la evolución. Pero es evidente que dicha representación es más compleja de lo que se pensaba y que se trata más bien de una red que de un árbol.

Modificación del ¿árbol? propuesta por Ford Doolittle en 1999 en Science.

Para tratar de poner orden en este conflicto, Woese relegó la importancia de la transmisión horizontal de genes al inicio de la vida. Propuso que en un mundo ARN inicial, esas transferencias eran las que primaban sobre la descendencia vertical, en lo que sería una descendencia lamarckiana, pues los caracteres de adquirirían en vida y, si suponen una ventaja, pasan a la descendencia. Woese, sin embargo, proponía que una vez que aparecía la célula como entidad independiente, surgían una serie de propiedades emergentes que desviaban esa tendencia hacia una evolución basada en el modelo darwiniano. Es a lo que Woese llamó el «límite darwiniano».

Algunos hallazgos ponen en duda esta hipótesis de Woese, que murió aislado, como había vivido toda su vida, de sus colegas (sólo mantenía contacto con unos cuantos fieles), odiando la figura de Darwin y posiblemente resentido por no haber recibido el Premio Nobel.   

Aunque estos son, a grandes rasgos, los hechos que se narran en el libro, hay mucho más. Quammen es uno de los mejores divulgadores actuales. Ha entrevistado a científicos, ha acudido a las fuentes originales, y ofrece una visión del campo de la filogenia molecular actual rico en detalles, al tiempo que comprensible por el gran público y, en general, rigurosos. Es divulgación de altos vuelos, que se centra en una figura, la del gran pensador que fue Woese, todavía hoy controvertida pero a quien no se puede negar la influencia que ejerció sobre todos los estudios de sus coetáneos y de investigadores posteriores en su campo. Por el camino, y ese es uno de los aciertos del libro, aparte de seguir un hilo conceptual que desarrolla con gran pericia, Quammen toca un aspecto primordial de la actividad científica: el trabajo de los científicos, sus relaciones, sus dudas, sus convicciones y sus refriegas. Quammen no desciende al barro del cotilleo pero sí deja entrever que, en muchos casos, el avance en un determinado campo, depende no tanto de los datos en sí (estos, tarde o temprano terminarán por llegar) sino de las influencias externas, las pulsiones internas y muchos otros factores que deben hacernos ver que los científicos, por mucho que apelen a la mirada objetiva de los datos y las conclusiones que se extraen de ellos, no pueden sustraerse a su calidad de personas y, como tales, a sus filias, sus fobias y sus prejuicios. Sin duda, en ese aspecto, el libro es sobresaliente, como lo es el alcance del tema que estudia. Se trata de uno de los mejores libros de divulgación que pueden leerse en la actualidad.

Puntuación:

Puntuación: 5 de 5.

Título: El árbol enmarañado. Una nueva y radical historia de la vida

Autor: David Quammen

Traducción: Joaquín Chamorro Mielke

Editorial: Debate

Páginas: 560

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