El club de los desayunos filosóficos, de Laura J. Snyder

A lo largo de la historia de las ciencias ha habido una serie de saltos cualtitativos muy evidentes y que todos conocemos bien, y que generalmente asociamos a ciertos nombres propios (Galileo, Newton, Lavoisier, Lyell, Darwin, Maxwell, Einstein…) y otros han quedado opacados por su carácter más teórico aunque, en el fondo, suelen ser tener un mayor impacto desde el punto de vista de la epistemología. Hablamos aquí de Bacon, Descartes y del club analítico que organizaron John Herschel, William Whewell, Charles Babbage y Richard Jones durante sus años de convivencia en Cambridge.

Llegué a Laura Snyder gracias a El ojo del observador, una obra deliciosa al tiempo que rigurosa que relata de manera paralela las vidas y logros de Anton Van Leewenhoek y Johannes Vermeer, el primero en el campo de la microscopía y el segundo en las técnicas de vanguardia en la pintura. Este El Club de los desayunos filosóficos no desmerece para nada aquel otro y Snyder se consolida como gran narradora de la historia de la ciencia y se adentra en episodios menos conocidos para el profano (como un servidor, que algo sabe de ciencia pero mucho menos de su historia).

No entraremos en los detalles del libro ni en los logros de los personajes que aparecen en él, tan solo emprenderemos un breve elogio del mismo e invitaremos a su lectura. ¿Por qué es relevante esta obra? Porque nos adentra, ya a mediados del siglo XIX en la vida de varios personajes que modificaron la manera de llevar a cabo el trabajo científico, no solo desde un punto de vista teórico, pues defendieron de manera explícita el método inductivo (hoy, el más ampliamente empleado en las ciencias) sobre el deductivo (que, salvo en física, ha proporcionado pocos resultados prácticos), sino también desde un punto de vista pragmático: defendieron, si bien no todos ellos (Herschel, proveniente de familia rica todavía defendía en cierta manera sus privilegios) que los científicos debían cobrar una prestación del gobierno por su trabajo y que el conocimiento en ciencias debería ser uno de los modos de lograr graduarse en las universidades inglesas. Whewell, quien acuñó el término «científico» (por oposición al de artista: scientist frente a artist) y que fue además director del Trinity College de Cambridge, logró que la Universidad de Cambridge aceptase el conocimiento científico como una de las formas para graduarse en la universidad. Defendió asimismo el método inductivo como la mejor forma para construir el conocimiento científico y él mismo lo puso en práctica con un estudio sistemático y coordinado entre diferentes países acerca de las mareas, del mismo modo que Herschel lo hizo en otros ámbitos de la astronomía. También Herschell escribió un pequeño tratado sobre el método científico que fue muy influyente entonces.

Babbage se distanció con el tiempo de las ideas de Whewell aunque coincidía en muchas de ellas. Defendía también la ayuda del gobierno a los científicos y él mismo la solicitó durante gran parte de su vida para poder desarrollar sus máquinas, que nunca finalizó pero que sentaron las bases de la computación.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es que esta es posiblemente la época en la comienza a establecerse el muro que separa las dos culturas, la humanística y la científica. El estudio de los científicos comienza a ser pormenorizado y muy especializado. Ya no es fácil mantenerse al día de campos muy diversos y obtener la visión global de la que gozaban Whewell o Herschel. El primero fue profesor de mineralogía, pero fue además un matemático bien dotado, experto en arquitectura, defensor de la visión historicista para comprender el devenir del cuerpo de conocimiento en las ciencias e incluso tenía conocimientos bastante profundos de economía, así como de literatura. Herschell, por su lado, fue un excelente astrónomo (su padre, William Herschel, había mejorado el telescopio de Newton y había cartografiado como nadie antes los cielos y descubrió Urano; John mejoró incluso las observaciones de su padre), grandísimo químico (inventó la fijación en fotografía) e incluso traductor (tradujo la Ilíada al inglés en hexámetros, algo que hasta entonces nadie había intentado aunque algunos, como Coleridge, consideraron el empeño de Herschel con desdén).

Esta capacidad para abarcar diferentes campos de conocimiento de manera profunda, como lo hicieron otros en esa época (Goethe o Humboldt son otros dos buenos ejemplos) se fue perdiendo con el tiempo y generó unas barreras que se agudizaron con el surgimiento del romanticismo. ¿Podrá revertirse esa fragmentación del saber, especialmente la que ha tenido lugar entre las llamadas dos culturas? Un servidor, que es optimista y que no desdeña el pensamiento holístico, apuesta a que es posible pero solo si dejamos a un lado los prejuicios y trabajamos de verdad para buscar puntos de conexión y lenguajes comunes. Richard Jones, uno de los padres de la economía política, u el cuarto de los protagonistas del libro, mostró en cierta manera el camino, si bien otros intentos de integrar las ciencias en las humanidades no han salido bien parados. Pero no debemos rendirnos, pues los posibles beneficios justifican, en mi opinión, la ardua búsqueda y las tentativas fracasadas.

El gran logro de estos cuatro compañeros de viaje fue el de ser capaces de alterar el espíritu de la época y producir cambios teóricos que afectaron a la praxis de la ciencia, lo que es más influyente, si cabe, que cualquier logro puramente científico. Fue su empeño en promover el análisis y la inducción lo que ha convertido a la ciencia y el elogio de sus logros actual en lo que son. Este libro de Laura Snyder es todo un homenaje a estos héroes a los que debemos mucho más de lo que sospechamos.

Calificación:

Puntuación: 4.5 de 5.

Título: El Club de los desayunos filosóficos
Autora: Laura J. Snyder
Traducción: José Manuel Álvarez-Flórez
Editorial: Acantilado
Páginas: 640

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