Consilience. La unidad del conocimiento, de Edward O. Wilson

Reseñamos hoy un libro que tiene ya más de veinte años pero cuyo espíritu persiste en nuestros días y sus ideas son más vigentes que nunca, al menos en lo que toca al núcleo del libro, más que a sus detalles concretos.

Wilson es un gran científico. Entomólogo apasionado y muy dado a la teoría, ha sabido aunar el profundo conocimiento de su disciplina con una visión más amplia, que le ha llevado a teorizar, primero sobre las sociedades humanas y la conducta a partir de los conocimientos sobre las sociedades biológicas y su historia evolutiva en lo que se vino a llamar sociobiología, y después, centrándose en aspectos concretos del ser humano, entre los que están la creatividad, el arte, el lenguaje o instituciones como la familia. Su idea principal, que es la que desarrolla de manera amplia en este libro, es la posibilidad de explicación de los objetos de estudio de las humanidades empleando los métodos de las ciencias naturales, que tanto éxito han tenido, para lograr esa deseada consiliencia del conocimiento en el que a partir de «simples» leyes físicas pudiese explicarse el universo y todo lo que contiene, incluyendo las sociedades humanas, la cultura y las artes.

Fue William Wheewell quien en su tratado sobre el pensamiento inductivo propuso el término «consilience», que podríamos tal vez traducir como convergencia, y que viene a decir que una teoría científica (o un conocimiento, el que sea) tiene mayor validez cuando esta se ha deducido de datos que proceden de fuentes diversas. Un ejemplo es la teoría evolutiva. Parece casi impensable que pueda ser falsa una teoría apoyada por tantas evidencias procedentes de tantos cuerpos de conocimiento diferentes (genética, paleontología, etología, biogeografía, geología, etc.). La propuesta de Wilson es, en general, construir el conocimiento de las humanidades aplicando el reduccionismo que tan eficiente ha sido en el estudio de la naturaleza.

En los campos de la sociología y la antropología, así como del arte, Wilson ve necesario usar de nexo común entre las ciencias y las humanidades a la psicología y las neurociencias. Cree que empleando los conocimientos que provengan de esas ramas de la ciencia se puede lograr un vínculo claro entre las ciencias y las humanidades, y a partir de ahí establecer un lenguaje común. Eso no significa que los objetos de estudio de las humanidades vayan a ser predecibles, como lo son muchos fenómenos naturales, pues evidentemente la historia y las propias sociedades están sometidas a miles de variables, muchas de ellas casi indescifrables y, sobre todo, al azar. Esta última razón es la que ha llevado a muchas personas desde las humanidades a calificar la propuesta de Wilson como utópica o, sencillamente, imposible, no solo por esa complejidad que hoy parece muy lejos de nuestro alcance predictivo, sino porque la propia estructura de la cultura puede entenderse como una propiedad emergente que apenas tiene nada que ver con los individuos que la constituyen. Ahí Wilson opone de nuevo el reduccionismo como herramienta de estudio útil: un ser vivo no es una célula, pero podemos comprender muchos aspectos de los seres vivos estudiando sus componentes por separado mediante el análisis, emprendiendo después el camino inverso de la síntesis. Lo mismo es aplicable al cerebro o a cualesquiera otros sistemas complejos que se nos ocurran, como la dinámica de fluidos y uno de sus efectos más palpables, la meteorología.

Wilson es un cientifista de tomo y lomo. No lo afirmo con tono despectivo, pero su confianza en la ciencia y su capacidad explicativa es, por momentos, naíf, incluso para alguien como quien esto escribe, que confía en que la unidad del conocimiento es posible y que es necesario establecer más vínculos entre ciencias y humanidades. Esto se deja notar en demasiadas ocasiones a lo largo del libro. Los «en el futuro la ciencia…», «esto seguro que se resolverá…», etc. no hacen sino proyectarnos a un futuro que, por definición, es incierto, salvo que contemos con una buena teoría predictiva. Lo demás son buenas intenciones, deseos y confianza, pero sin apoyo de facto. Y él mismo cae en su trampa de lo futurible y critica esa actitud en el último capítulo, cuando critica a los que se niegan a tomar medidas contra la contaminación y el daño al medioambiente porque confían en que el ser humano desarrollará nuevos métodos para hacer frente a esos males.

La propuesta de Wilson, aunque es voluntariosa, aporta pocas soluciones y parece más encaminada a enfatizar los logros de la ciencia y su capacidad para resolver problemas y contestar preguntas que para establecer de manera sincera una relación de igual a igual entre las humanidades y las ciencias. Entre los problemas que presentan las ciencias naturales está la hiperespecialización, que muchas veces no permite salir a los científicos de su campo de estudio y les impide tener una visión más amplia del contexto. Por otro lado, aunque Wilson retuerce los argumentos para tratar de explicar que «el problema difícil» de la conciencia no es tal problema, será difícil que los seres humanos no sigamos sintiendo que nuestro mundo subjetivo es diferente a la realidad que describen las ciencias naturales, de ahí que las humanidades vayan a seguir desempeñando un papel esencial a la hora de tratar de explicar la naturaleza humana, por mucho que avance nuestro conocimiento sobre la evolución de la especie. Los científicos suelen caer en el error, especialmente los que se sienten muy cercanos al cientifismo, de que el conocimiento objetivo es per se mejor que el conocimiento subjetivo. Pero ¿lo es siempre? ¿Es posible ese conocimiento objetivo en la mente individual (no hablamos ahora del abstracto de la cultura) sin que este esté siempre teñido de sesgos, emociones o prejuicios? Las obras de arte son las que a menudo remarcan esas inconsistencias de nuestra mente y nos ponen ante aquello que nos incomoda como personas y como sociedad. A veces llega la ciencia después y lo explica empleando un lenguaje diferente, más aséptico, pero en el fondo el lenguaje es el mismo y, con frecuencia, son los artistas quienes antes han arribado a esas ideas.

El objetivo de la consiliencia es loable –deseable, sin duda– pero estamos aún lejos de conseguirlo. Aun así quedamos algunos empeñados en no olvidar este propósito y tratar de estimularlo. Wilson, en ese sentido, lo logra. Y en ese impulso seguimos.

Puntuación: 3.5 de 5.

No es para todos los públicos. Hay que ir con un cierto convencimiento previo de la idea general y tener algo de paciencia con la prosa algo engolada de Wilson.

Título: Consiliencia. La unidad del conocimiento

Autor: Edwarrd O. Wilson

Editorial: Galaxia Gutenberg

Traducción: Juandomènec Ros  

Páginas: 488

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